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AFEHC : bibliografia : Breve historia de la teología en América Latina : Breve historia de la teología en América Latina

Ficha n° 4431

Creada: 06 febrero 2017
Editada: 06 febrero 2017
Modificada: 10 febrero 2017

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Autor de la ficha:

Esteban SANCHEZ SOLANO

Editor de la ficha:

Laura MATTHEW

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Breve historia de la teología en América Latina

El libro de Josep-Ignasi Saranyana titulado “Breve historia de la teología en América Latina” permite de una forma sintética, pero a la vez bien detallada, comprender el recorrido que ha tenido la teología en el subcontinente.
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Palabras claves :
Teología, Historia, América Latina
Categoria:
Libro
Autor:

Josep-Ignasi Saranyana

Editorial:
Biblioteca de Autores Cristianos, 2009
Fecha:
2009
Reseña:

1Desde el inicio de la presencia europea en América, la teología tuvo un papel protagónico. La puesta en marcha de la evangelización supuso una necesidad, desde la óptica cristiana de la época, de encontrar las maneras adecuadas para transmitir a los indígenas la doctrina de la Iglesia romana. En este sentido, el contenido de la doctrina no podía llegar bajo cualquier modalidad, sino que debía seguir los requerimientos expuestos por toda la institucionalidad eclesiástica. Así entonces, el desarrollo de las ideas y del pensamiento teológico en el Nuevo Mundo alcanzó un perfil más allá de una simple reproducción doctrinal. El libro de Josep-Ignasi Saranyana titulado “Breve historia de la teología en América Latina” permite de una forma sintética, pero a la vez bien detallada, comprender el recorrido que ha tenido la teología en el subcontinente. El autor, oriundo de la ciudad de Barcelona con formación en teología, filosofía y ciencias políticas, ha dedicado buena parte de su vida a la labor académica en la Universidad de Navarra, donde es profesor emérito. Su producción abarca tanto obras individuales como colectivas teniendo entre uno de sus principales campos la historia de la teología1.

2En efecto, su título ya ofrece el marco histórico-geográfico que pretende analizar. Asimismo, advirtiendo de la necesidad de examinar toda América Latina, incluye tanto la teología hispanoamericana como la lusoamericana, aunque ésta última sobre todo para el siglo XX, ya que en los siglos precedentes, su producción fue reducida en comparación a la América española (pág. XVII). Esta obra nace como una pretensión de sintetizar las ideas principales desarrolladas en la obra colectiva que él mismo dirigió sobre la teología en el subcontinente2 publicada en cuatro volúmenes. De esta manera, Saranyana tiene como objetivo que el libro sirva de manual de consulta de más fácil acceso sobre el itinerario de la teología en América Latina3.

3El libro contiene tres partes las cuales concuerdan con la periodización que propone del desarrollo de la teología en Latinoamérica, cuyos títulos son los siguientes: I) La teología en el ciclo colonial (capítulos uno al cuatro), II) La teología del primer ciclo republicano (capítulos cinco y seis), y III) La teología en el siglo XX (capítulos siete y ocho). Cada parte cuenta además con un balance general. A continuación se analiza cada una de ellas.

4La primera parte es la que presenta la mayor diversidad en lo referente a la periodización de la teología en el Nuevo Mundo. Cada capítulo responde a los subperiodos en los que divide el desarrollo de las ideas teológicas4. En este sentido, Saranyana subraya lo activo de la teología durante el periodo colonial. Hace una revisión significativa de las obras que fueron publicadas o reproducidas en los diferentes centros donde se desarrolló la teología. La tensión entre la puesta en marcha del Patronato Regio y las pretensiones papales de tener mayor protagonismo en implantar la nueva fe en América, tiene un papel relevante dentro de la explicación entre los teólogos5. Esto va más allá de ser un elemento de contexto, es un eje del recorrido de la teología colonial.

5Por eso, la obra permite situar históricamente a los diversos autores que dieron su aporte en la conformación de la teología en el subcontinente. Para el autor, el tomismo fue la línea antropológica-teológica que predominó entre los autores (pág. 139) aunque al mismo tiempo, ante la complejidad de la empresa evangelizadora, fue incorporando otras posiciones (emanadas de teólogos jesuitas, franciscanos y dominicos principalmente). Esto les llevaba constantemente al terreno de la pregunta sobre las “cualidades” morales de los “naturales” para recibir y poner en práctica la doctrina católica y la función de la institucionalidad eclesiástica allí. A partir del Concilio de Trento (1545-1563) esta preocupación se hizo aún más evidente, ya que los contrapesos institucionales derivados de la relación entre los poderes secular y el religioso marcaban la reflexión respecto a los ámbitos, límites y potestades en la tarea evangelizadora. La pretensión de los Borbones de establecer una mayor dependencia de las autoridades eclesiásticas respecto a la monarquía atizó aún más la defensa de la labor eclesiástica, algo que se pudo ver en los albores de la era republicana.

6La segunda parte analiza el devenir de la teología a lo largo del siglo XIX. Los dos capítulos que contiene marcan claramente lo que el autor plantea como los dos periodos que tuvo la teología en esa centuria6. Sus preguntas muy básicas, pero a la vez de difícil respuesta, que tuvieron que hacerse los miembros de la jerarquía eclesiástica, a saber: ¿era legítimo el levantamiento contra el poder instituido?, ¿de qué manera se debía responder ante la demanda papal de respetar la autoridad del rey?

7Esto marcó al menos hasta la década de 1830 la dinámica de la teología en el subcontinente. La teología pasó aquí por dos momentos. El primero por la tajante postura de los papas hasta 1824 de no ofrecer ninguna concesión a los emancipados. Aquí su eje principal era la concepción paulina de respeto a la autoridad. La segunda, tras la batalla de Ayacucho (9 de diciembre de 1824), comenzó las disputas directamente entre la Santa Sede y los emergentes Estados soberanos por construir las nuevas relaciones denominado por el autor como el camino hacia el patronato nacional (pág. 159). Esto generó por parte de los miembros de la jerarquía eclesiástica una acalorada confrontación con el poder secular. Este último, ante la necesidad de establecer una base inicial para delinear la estructura del poder político, buscó asentar su legitimidad y lograr a la vez la autoridad suficiente que permitiese negociar directamente con los pontífices sobre sus potestades hacia las Iglesias ahora “nacionales”.

8De esta manera, los diferentes campos de las nuevas “comunidades políticas” tocaban directamente la reflexión teológica, entre ellos, la libertad de cultos, los fueros eclesiásticos, la llegada de nuevas corrientes de pensamiento. Sin embargo, fue el liberalismo a partir de la década de 1850 el que concentró la disputa más fuerte, al convertirse en la base fundamental dentro de las élites para pensar la base organizativa e ideológica de los Estados. Así, la teología latinoamericana, según Saranyana, se enmarcó en el binomio liberalismo-catolicismo7 (págs. 183-187).

9Para el periodo que va desde el Vaticano I (1869-1871) hasta el Concilio Plenario Latinoamericano (1899), Saranyana observa una teología dinámica a la par de un desarrollo institucional de la Iglesia en el subcontinente, denominado por muchos especialistas como la romanización del clero (el autor no trata este tema en el libro). Allí se plasma un catolicismo aun enraizado con el mundo barroco colonial, pero insertando nuevas expresiones que le permiten abrirse paso dentro de un espacio social que cuenta cada vez más con nuevos competidores culturales. En este sentido, la marca del Concilio Vaticano I es innegable, incluso, como afirma el autor, ya reconocido por la historiografía que ha analizado este periodo de la historia de la Iglesia en América Latina (pág. 195).

10Finalmente, la tercera parte se concentra en el análisis de la teología a lo largo del siglo XX. Los dos capítulos que contiene8 marcan claramente al Concilio Vaticano II (1962-1965) como el parteaguas de la reflexión teológica. A partir de esto, Saranyana propone que la teología preconciliar tuvo poca originalidad en su análisis. El aspecto a resaltar fue la convocatoria de los Concilios Plenarios nacionales y los Sínodos, los cuales demostraron el repunte institucional de la Iglesia tras los embates del liberalismo decimonónico9 (págs. 229-231). De esta manera, sobre todo a partir de la década de 1920, la Iglesia católica buscó con mayor vehemencia una participación asidua dentro de la sociedad civil. Aunque esto ya había ocurrido en términos asociativos, la Iglesia católica mostraba un carácter más enérgico de la necesidad de insertarse en la sociedad civil. Aquí es donde las teologías francesa y belga jugaron un papel clave como fuentes de reflexión y en el ámbito de la acción social. De esta manera, la reflexión teológica intentó dar su aporte, teniendo un ascenso vertiginoso la fundación de centros académicos, revistas y asociaciones con mayor sentido social donde la teología jugó su papel.

11Sin embargo, la operatividad de los Concilios (añadiendo también los Sínodos) era el punto débil, según el autor, de la puesta en práctica de la acción social de la Iglesia católica (pág. 261). Por eso, en el convulso contexto del decenio de 1950, en medio de los movimientos independentistas en Asia y África, más el ascenso de la Guerra Fría, la teología comenzó a mostrar un carácter más original y combativo. La fundación del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) en 1955 y el giro en la misiología dieron un rumbo diferente a la teología en América Latina, que tuvo en la convocatoria del Concilio Vaticano II el momento en que se abrió un nuevo derrotero.

12En efecto, la dinámica que presentaban las sociedades latinoamericanas dio pie a nuevas incursiones desde la teología. Según el autor, la renovación teológica vino de corrientes que se apartaron de la postura neotomista y neoescolástica que seguía teniendo un gran peso en el continente. Los influjos de la teología belga y francesa ahora estaban acompañados de la hermenéutica bíblica de origen alemán, la reflexión del existencialismo y el acercamiento con el marxismo, entre otras fuentes teóricas. Esto generó tres corrientes que estuvieron en el centro del desarrollo de la teología en el subcontinente: la teología de la liberación (la de mayor impacto) la teología feminista y la teología del pueblo (desarrollada en Argentina).

13Su punto de quiebre, señala Saranyana, fue la Conferencia de Medellín de 1968. Ésta tuvo dos aspectos. Recogió lo propuesto en el Vaticano II y asumió el tema de la pobreza como eje de su postura. Así, afirma el autor, se dio el despegue de la teología de la liberación en los años 1969-197110 (pág. 284). A partir de aquí, el autor analiza con cierto detenimiento a los autores emblemáticos de estas corrientes (enfatizando a la teología de la liberación) y la reacción posterior desde el Vaticano respecto a los “límites” que veía en ellas, particularmente en dos teólogos: el dominico Gustavo Gutiérrez, considerado fundador de la teología de la liberación y el franciscano Leonardo Boff11 (pág. 310).

14En este caso, con las “disidencias” que se generaron, la teología romana se sintió directamente interpelada y buscó al mismo tiempo generarles una respuesta teológica. Buscó integrar astutamente parte de sus temáticas principales al momento de responderles, es decir dando validez a sus propuestas, pero buscando a la vez definirles la interpretación emanada desde la doctrina católica, defendida en este caso por la Doctrina de la Congregación de la Fe. A partir de aquí, la teología latinoamericana se mantiene muy activa y diversa, aunque queda pendiente, como afirma el autor, un análisis más profundo sobre la recepción de los documentos oficiales del Vaticano II y Medellín, pero también considerando otros que han sido relevantes como la Conferencia de Puebla (1979). Las tres son, según Saranyana, las más grandes aventuras teológicas en América Latina (pág. 346).

15En términos generales, la obra tiene un carácter pedagógico, permitiendo que su lectura sea amena y enriquecedora en tanto la identificación de las corrientes desarrolladas en la región y sus principales exponentes. Asimismo, el autor ofrece un vínculo continuo entre la dinámica de la Santa Sede y las diversas corrientes en América Latina. De esta manera, se puede ver que la distancia física, sobre todo antes del siglo XX, no era impedimento para encontrar una conexión o un enfrentamiento más asiduo entre ambas partes. Esto ofrece la oportunidad de pensar desde otros ángulos cómo se hacían los vínculos entre los actores y sus ideas teológicas pese a esas condiciones “objetivas” que generaba la distancia física.

16El autor no innova sin embargo en la periodización que propone de la teología, más bien, utiliza marcos temporales que son comunes aun hoy día dentro de la historiografía latinoamericanista respecto a la periodización aceptada de la historia del subcontinente. En este sentido, surge la pregunta si es posible pensar a la teología latinoamericana bajo otros parámetros temporales.

17Solo queda invitar al lector acercarse a esta interesante obra e insertarse en el análisis del desarrollo histórico de la teología en América Latina. La riqueza bibliográfica y documental da muchas pistas a los interesados en los temas de las ideas religiosas y las posibilidades de investigación que ofrece.

18Esteban Sánchez Solano.
Máster en Historia, Universidad de Costa Rica.
Doctorando en Ciencias de las Religiones, Universidad de Quebec en Montreal.

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Notas de pie de página

201 Para un amplio análisis de la obra de Saranyana, enfocado en la teología latinoamericana, véase: Fernando Armas Asín, “Teología y vida. La producción americanista de Josep-Ignasi Saranyana (1984-2010)”, Anuario de Historia de la Iglesia, Vol. 20 (2011), págs 55-71.

212 Josep-María Saranyana director, Teología en América Latina (Frankfurt-Madrid: Vervuert-Iberoamericana, 1999-2008).

223 El autor inserta en la introducción (págs. XIX-XIV) una bibliografía con las obras de carácter general que se han concentrado en analizar la historia religiosa de América Latina, haciendo hincapié en aquéllas que ofrecen un análisis profundo o al menos con cierta relevancia del derrotero de las ideas desarrolladas desde la teología.

234 1) La evangelización fundante (1493-1563), 2) Recepción del Concilio de Trento (1563-1619), 3) La escolástica barroca americana (1619-1767) y 4) La ilustración americana.

245 Para ello, su punto de partida histórico es la emisión de la bula Inter caetera del papa Alejandro VI del 3 de mayo de 1493 (pág. 4).

256 5) De 1810 al Concilio Vaticano I y 6) Desde el Vaticano I hasta el fin de siglo.

267 El autor no considera las polémicas que tuvo la Iglesia católica con otras expresiones sociales, asociativas y culturales durante dicha centuria, por ejemplo, la masonería, el positivismo, el racionalismo, entre otros. Aunque no existe una literatura teológica stricto sensu en este periodo que versara sobre la postura de la Iglesia respecto a éstas en América Latina, sí hubo una circulación por medio de la prensa católica, folletos, entre otros formatos impresos, de los debates y las condenas. Valga aclarar que una parte de esa producción impresa fue escrita por laicos, lo cual funcionaría como un criterio válido para no incluirlo en este texto que analiza la teología. Sin embargo, es necesario señalar que tuvo una amplia difusión a lo largo del subcontinente.

278 7) Concilios Plenarios nacionales, Conferencia de Río y fundación del CELAM y 8) Del Concilio Vaticano II a nuestros días.

289 El autor plantea que esto fue uno de los resultados del Primer Concilio Plenario Latinoamericano de 1899. El autor da una amplia lista (no exhaustiva, según sus propias palabras) de los Concilios y Sínodos celebrados hasta el inicio del Concilio Vaticano II.

2910 El autor incluye aquí acertadamente diversos autores protestantes que han propuesto una teología de la liberación, particularmente tres autores: Rubem Alves, José Míguez Bonino y Julio Santa Ana. Sin embargo, su análisis se centra en la teología católica.

3011 Leonardo Boff dejó la orden de los Hermanos Menores en 1992.

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