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AFEHC : bibliografia : Entre la marginalidad social y los orígenes de la salud pública : Entre la marginalidad social y los orígenes de la salud pública

Ficha n° 566

Creada: 31 octubre 2005
Editada: 31 octubre 2005
Modificada: 31 octubre 2005

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Autor de la ficha:

Christophe BELAUBRE

Entre la marginalidad social y los orígenes de la salud pública

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Categoria:
Libro
Autor:

Malavassi Aguilar, Ana Paulina

Lugar de Publicación:
San José
Editorial:
Editorial de la Universidad de Costa Rica
Ubicación:
ISBN : 99-67-737-9
Fecha:
2003
Reseña:

1En este trabajo se explora la temática de la lepra, una de las plagas mas temida de la humanidad, muy a menudo comparada a un castigo divino. No se trata solamente de estudiar la represión hacia el leproso y el mundo en el que éste está inmerso, sino los problemas sanitarios de la población de Costa Rica, entre 1784 y 1845. Con la primera fecha se inicia el estudio que coincide con los primeros intentos, por parte de las autoridades de la sociedad costarricense, de aislar los leprosos de la ciudad de Cartago (Para este año existe una lista oficial de leprosos). La segunda fecha hace referencia al cambio de dirección en el Lazareto General, que fue asumida por una Junta de Caridad. Mas allá, la autora ubica su trabajo dentro de una nueva corriente historiográfica en Costa Rica, dejó de estudiar la única historia de los médicos o de las instituciones médicas para enfocarse en los sufridores. El marco teórico se funda principalmente en las grandes obras de Bronislaw Geremek y de Michel Foucault. Las fuentes primarias que utilizó son numerosas y diversas —aunque se puede desde luego lamentar que todas provengan del Archivo Nacional de Costa Rica y que se haya dejado de lado el Archivo General de Centro América— y obligaron a la autora a centrar el estudio en el Valle Central de aquel país.
El primer capítulo abraza la época tardía colonial. Se revela la dificultad que implica el intento de ubicar en el tiempo el momento en que la lepra apareció en Costa Rica, por las distintas versiones y la falta de fuentes primarias (Se sospecha que fue alrededor de 1730, en el barrio Churuca de Cartago). Sin embargo como lo subraya la autora, esta fecha no importa tanto. La fecha por la cual la sociedad toma conciencia de las implicaciones políticas, sociales y económicas de la presencia de la enfermedad, cuando se convirtió en un problema sanitario visible, es más interesante. Salvo un caso dudoso, declarado en el siglo XVII en la provincia de Costa Rica, parece que los efectos de la enfermedad empezaron a suscitar una verdadera reflexión por parte de la burocracia colonial en la segunda mitad del siglo XVIII. Luego, la autora sigue su estudio con los primeros mecanismos ensayados para hacer frente a la nueva enfermedad y su consecuente repercusión en la condición social del enfermo.
En el segundo capítulo se estudia el temor al contagio, enfocando más que todo las reacciones políticas y sociales que se perciben en el ámbito institucional. Este miedo que se incrementa en las capas populares empuja al Estado hacia la búsqueda de una respuesta ante un problema que pone en evidencia sus propias debilidades. La caridad privada ya no puede asumir el mantenimiento de los enfermos; la apertura de un Lazareto se vuelve más y más necesaria. A partir del año de 1833, los leprosos son congregados en una precaria institución que depende de algunos pocos impuestos creados por el Gobierno. Esta nacionalización demuestra la influencia de las Luces dentro de una elite que rechazaba el control religioso de la asistencia. Sin embargo el estado no tiene la capacidad financiera para asegurar un digno mantenimiento de los enfermos, situación que provoca numerosas fugas. Poco tiempo después, el ejecutivo Costarricense adopta la pena capital contra los enfermos que osen evadirse del nuevo establecimiento. Estas medidas disciplinarias son adoptadas como último recurso de un Estado incapaz de realizar inversiones adicionales. Aunque la ley permitía una política muy represiva, fueron los sentimientos de conmiseración que dominaron durante mucho tiempo (de las 31 personas ejecutadas, entre 1826 y 1847, tres eran leprosos).
Las percepciones sociales y oficiales sobre la lepra evolucionaron bastante del final de la época colonial hasta 1845. Las fuentes consultadas no permiten decir que la enfermedad era considerada como un castigo divino y el leproso no es tildado de impuro. Las primeras medidas de confinamiento aparecen en 1784 por el bien público. Hay que esperar las vísperas de la Independencia para detectar un discurso autóctono sobre dicho mal, un discurso que fue llevado a la provincia por los oficiales de la Corona jugando un papel clave el Gobernador Tomas de Acosta. Lo que se subrayó fue la necesidad de circundar el mal que podría ser un obstáculo para la capacidad productiva de la región.
La cultura médica es la esencia del cuarto capítulo. Entre 1784 y 1822, la presencia de los médicos con grado universitario en Costa Rica es muy escasa. Es bien significativo el hecho que los cuatro proyectos de confinamiento que se redactaron durante este periodo no implicaban la presencia de un facultativo. Más tarde no mejoró mucho la situación, ya que fue un médico inglés, Ricardo Brealey, quien tuvo que calificar como leprosos a los hermanos Brenes que residían en el barrio de Chircagres de la ciudad de Cartago. Este barrio era el principal foco de infección en Costa Rica: 44% de los 139 casos registrados entre 1821 y 1849. En todo caso, si la legislación favorecía a los médicos, la realidad social y económica no les daba un papel importante: la mayoría de la población solía recurrir a los curanderos, cuya efectividad estaba comprobada y resultaba más barato. La presencia de un facultativo en el Lazareto, a partir de 1833, anuncia los cambios futuros ya que este médico tiene a su disposición un medicamento eficaz, las píldoras arsenicales, que sólo él puede prescribir.
El trabajo culmina con una visita al Lazareto. La autora nos invita a seguir los pasos de Antonia Contreras y Rosa Granados quienes obtuvieron el permiso del Gobierno para visitar a sus parientes recluidos. Es quizás la parte del libro más documentada y que permite concretizar el grado de violencia que los leprosos tuvieron que enfrentar cuando el Estado empezó a preocuparse por ellos…. Las fuentes no revelan que se haya construido una institución hospitalaria, sino un sitio de olvido, un albergue forzoso: se trataba de dos casas donde los enfermos eran reunidos en base a su sexo, pues la promiscuidad sexual se consideraba como un peligro. La institución ofrecía 32 lugares con un espacio vital de menos 4,5 metros cuadrados para cada uno. La gran mayoría de los enfermos eran muy pobres, pero la reclusión no ayudaba en nada para olvidarlo y, como lo destaca la autora, es posible que muchos hayan tenido nostalgia del dinero que acumulaban, todos los días, de la mendicidad. La vida interior era muy difícil, frugal, el alimento era racionado…
Con este resumen hemos querido dar cuenta, a grandes rasgos, de este estimulante libro. Sólo queremos añadir que la bibliografía es bastante completa, sin embargo, al incluir la problemática de las epidemias se hubiera podido utilizar la sugestiva obra de Jean-Noêl Biraben. Al igual, la obra de Michel Foucault sobre la historia de la locura de la edad clásica, el cual es muy útil para estudiar el siglo XVIII, en particular cuando se ha querido justificar religiosamente el encierro de las personas. De manera más general, ante un estudio de tanta calidad, estamos ya listos para leer una anunciada versión ampliada de este trabajo con un esfuerzo comparativo. No cabe duda que la autora nos ayudará, entonces, a conocer con más fineza el vasto universo de los marginados.

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