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AFEHC : bibliografia : El sentimiento religioso y sus prácticas en la diócesis de Nicaragua y Costa Rica, siglos XVII y XVIII : El sentimiento religioso y sus prácticas en la diócesis de Nicaragua y Costa Rica, siglos XVII y XVIII

Ficha n° 588

Creada: 01 mayo 2006
Editada: 01 mayo 2006
Modificada: 12 agosto 2007

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Autor de la ficha:

Christophe BELAUBRE

Publicado en:

ISSN 1954-3891

El sentimiento religioso y sus prácticas en la diócesis de Nicaragua y Costa Rica, siglos XVII y XVIII

El lector interesado en la Historia de la Iglesia en Nicaragua y Costa Rica encuentra en esta tesis una mina de información que hace de ella una herramienta indispensable para abordar la historia del sentimiento religioso y de sus prácticas en la Capitanía General de Guatemala del siglo XVII y XVIII. La tesis se consigue fácilmente en Costa Rica y para los otros lectores de lengua española en Hispanoamérica, es muy probable que la publicación en papel se realice dentro de poco tiempo.
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Palabras claves :
Iglesia, sociedad, practicas religiosas, sociedades, Costa Rica, Nicaragua
Categoria:
Inédito
Autor:

María Carmela Velázquez Bonilla

Editorial:
Universidad de Costa Rica, Tesis de doctorado
Fecha:
2004
Reseña:
En la introducción, María Carmela Velázquez Bonilla presenta un balance historiográfico muy completo, en el que la escuela francesa aparece cercana a la mexicana. La autora presenta además algunas tesis de maestría que fueron defendidas en Costa Rica –por ejemplo la de Luis Fernando Tomado de Sibaja leída en 1968– y que son particularmente difíciles de acceso para los investigadores extranjeros, pero también son comentadas algunas obras clásicas como Les Rois Thaumaturges de Marc Bloch (1924). Los diferentes trabajos están agrupados en torno a temáticas fuertes: la historia de la cristiandad, las mentalidades colectivas, la religiosidad popular, las cofradías, las devociones y los exvotos.

1Con el primer capítulo el lector se encuentra delante de un verdadero balance de conocimientos sobre el clero de la diócesis de Nicaragua y Costa Rica. Para entender lo que era la religión en esta diócesis en el siglo XVII y XVIIII, la autora nos dice que es necesario hacer un esfuerzo para integrar el papel de la Corona, la cual, por su derecho de Patronaje, presentaba todos los presbíteros y obispos a sus respectivos beneficios. María Carmela Velázquez Bonilla nos hace una presentación rigurosa del gobierno de la Iglesia católica, dedicándose a presentar el estatuto muy complejo de los obispos, sobre todo lo que los especialistas llaman “su poder de orden”. El estudio de los obispos está muy bien documentado merced a las numerosas cartas citadas por la autora y ubicadas en el Archivo de Indias. En cambio, el excelente mapa N° 2 que presenta los pueblos y las ciudades mencionadas en la visita pastoral del obispo Pedro Agustín Morel de Santa Cruz, no se traduce en la demostración con suficientes elementos que nos ayuden a conocer mejor el sistema parroquial. Para quienes se interesan en la vida cotidiana a nivel de la parroquia, sigue siendo imprescindible el viejo trabajo de Adrian Van Oss sobre “Catholic colonialism : A parish history of Guatemala”.(1986)

2Las manifestaciones del culto religioso son abordadas en un segundo capítulo muy largo (pp. 139-227) que nos lleva al corazón de la problemática de la autora, quien busca estudiar los templos donde se celebraban los cultos, y seguir paso a paso las procesiones, tanto las más importantes como las más anodinas, en los pueblos alejados. Los templos son, de entrada, cartografiados y el mapa sirve para ubicar las iglesias y los oratorios que son inventariados con meticulosidad mediante un aporte de conocimientos arquitecturales y artísticos. Nos damos cuenta en esta parte de la obra que las descripciones de las iglesias costarricenses son mucho más completas que las de Nicaragua, y esto aparece como una constante en la tesis, que nos aparece de esta manera un poco desequilibrada. Por otra parte, las informaciones sobre las ermitas y los oratorios sobre todo son fragmentarias. La vida religiosa y cotidiana de nicaragüenses y costarricenses era ampliamente escandeada por el ritmo regular de las misas, que se daban todos los domingos y días de fiestas, es decir más de 100 días al año. Durante estas ceremonias, los vestidos, los vasos sagrados, la música, contribuían a valorar la misa, acto central del culto católico. Las retrasos y las ausencias a la misa se pagaban, en dinero por criollos y mulatos, y en golpes por los indígenas (p. 190).

3María Carmela Velázquez Bonilla llama la atención muy finamente sobre el carácter simbólico de los colores y se detiene largamente en el porte de los obispos, a través del inventario de los bienes que eran legalmente hechos antes de la entrada en función, y después del fallecimiento. Algunos libros de fábrica permiten localizar las inacabables listas de vasos sagrados, aun en las parroquias pequeñas como la del pueblo de San José de Cabecar en Talamanca (p. 177).

4La música, las campanas, el vino, el aceite y la cera eran los complementos indispensables que la Corona y las cofradías religiosas se esforzaban por financiar, con el fin de asegurar el culto más fastuoso que fuese posible. La autora se detiene mucho tiempo en el estudio de los objetos de culto, en particular los retablos, que eran tallados por los mejores plateros y suponían gastos considerables ( véase el que pertenecía al arcediano Francisco de la Vega, p. 210-213, y que fue comprado por el cabildo eclesiástico de la Ciudad de León). Las cuentas de fábrica son utilizadas para medir la intensidad de la vida religiosa, en especial los gastos ocasionados por las fiestas y las procesiones. La fiesta de Pascua que conmemora la Resurrección de Cristo se traducía en gastos excepcionales, que se reflejan en las cuentas de todas las cofradías. En el Jueves Santo en el que se celebra la última cena de Cristo e instituye la eucaristía, se manifiesta una participación aún más intensa de la población. Estos actos de piedad colectiva no dejaban de plantear agudos problemas de orden público, los cuales se reflejan en la legislación Real. De hecho, en la segunda mitad del siglo XVIII, distintas órdenes reales limitaron la expresión popular – prohibición de las procesiones nocturnas por ejemplo (p. 221)- y controlaron más estas prácticas más de cerca.

5En caso de sufrimiento individual o colectivo, la vida religiosa ofrecía muchos recursos. Entre ellos figuraban sin duda alguna la virgen María, cuyo culto popular en Europa remonta por lo menos al siglo XIII, y que se difundió en la América española como un reguero de pólvora. Estas devociones marianas son analizadas en el tercer capítulo de la tesis. También son cartografiados los lugares consagrados a la Virgen María (p. 242). No cabe duda que la presencia masiva de la virgen, institucionalizada en la diócesis por los Franciscanos, contribuyó a esparcir el culto en la región. La fiesta era celebrada con gran pompa cada 8 de diciembre, y todas las casas de la ciudad de León eran iluminadas en la víspera de la fiesta. La historiadora subraya también el caso del culto a la imagen de Nuestra Señora descubierta en pueblo de El Viejo. El fervor de los nicaragüenses se desarrolló tanto desde el final del siglo XVII, que esta representación de la virgen se convirtió oficialmente en la patrona de este país. El caso de virgen de Los Ángeles nos aparece muy documentado, con numerosas referencias bibliográficas que atestiguan en sí el interés suscitado por aquel culto. De una manera general los Franciscanos siempre fueron activos promotores, sin embargo el caso de Nuestra Señora de Los Ángeles revela también un fervor auténtico que reunía a miles de personas. Para conocer con más precisión la influencia de las devociones, María Carmela Velásquez adopto técnicas de narración que se asemejan a las usadas en sociología religiosa por la escuela de Gabriel Le Bras. Tuvo que demostrar una gran capacidad de imaginación para formar unas muestras representativas, porque los archivos centroamericanos reservan muy a menudo sorpresas desagradables. De hecho la mayoría del trabajo de compilación de datos fue realizado en Costa Rica donde existe un verdadero fondo de archivos. Los libros de registros y los testamentos redactados en la ciudad de Cartago están bien conservados desde el siglo XVII, mientras que los de Nicaragua – salvo algunos pocos – se han perdidos (¡incluyendo el siglo XIX!).

6Los resultados de estas muestras para el siglo XVII y el siglo XVIII en Nicaragua y en Costa Rica confirman las tendencias conocidas en Europa, es decir un desplazamiento de las devociones hacia la persona del Cristo. Este culto particularmente dinámico es estudiado en el cuarto capítulo de la tesis. Para los varones, la elección de “José” como nombre de bautizo se vuelve muy frecuente en el siglo XVIII, muy poco usada en el siglo anterior. Escoger a “María” era común en ambos siglos (y claro se mantendrá seguramente fuerte en el XXI ¡). Estas pocas evoluciones se explican por la presencia “aplastante” de este culto, superior al proferido hacia todos los otros santos de la Iglesia.

7El conjunto de la obra es redactado en un estilo sobrio, eficaz, que connota un deseo de la historiadora de poner énfasis en conocimientos fiables sobre la historia de Nicaragua y Costa Rica, y una voluntad de evitar una ciertas afirmaciones no comprobadas por hechos que durante mucho tiempo han provocado malos entendimientos del pasado. Por ejemplo el mapa sobre los límites de la diócesis de Nicaragua y Costa Rica (p. 61) busca esclarecer con la mayor precisión posible el trazado de los límites de las fronteras entre Nicaragua y Honduras, sin embargo hay dos interpretaciones y la autora respeta las dos versiones hasta que algunos otros documentos permiten decidir.

8Se trata de una tesis que permite medir el impacto de la Reforma católica en el siglo XVII y XVIII, la cual quiso hacer de cada cristiano nicaragüense o costarricense un ser consciente de su fe. La promoción de nuevos modelos de piedad como Santa Rosa de Lima muestra bien esta evolución hacia prácticas más individuales. Los numerosos testamentos desmenuzados dan a la obra una gran fuerza porque las esferas sociales tienen la palabra, exponen sus miedos frente a la muerte.
Hay que insistir tambien en el impresionante aparato crítico (más de 1000 notas de pie de página y decenas de fuentes primarias sacadas principalmente del Archivo de Indias y del Archivo Nacional de Costa Rica, pero también del archivo eclesiástico de León a sí como el del Vaticano). Los mapas son de muy buena calidad, y hay numerosas ilustraciones acompañadas de comentarios muy completos, que hacen mucho más que amenizar el relato: estos documentos sirven para apoyar y profundizar los análisis en el cuerpo del texto.

Cerrando este trabajo quisiéramos lamentar el hecho de que no hubiesen sido explorados algunos otros campos de la historia del sentimiento religioso. Si el análisis y el censo de los lugares de culto fue hecho con gran rigor, los cementerios hubieran podido llamar también la atención de la historiadora, por todo lo que nos revela su emplazamiento, la ubicación o jerarquía de las tumbas en su interior y las inscripciones de éstas. Sentimos también la ausencia en la bibliografía –y claro en los análisis– de referencias al fundador de la antropología religiosa. Es cierto que Alphonse Dupront no ha publicado mucho y que su enseñanza fue sobre todo oral. Dupront defendía la idea según la cual la antropología religiosa implicaba “una incansable recopilación de los signos religiosos puestos por el hombre ». Una idea que María Carmela Velázquez Bonilla ha hecho suya desde hace muchos años. Podíamos también esperar una mención a Robert Mandrou, discípulo de Lucien Febvre, quien ha renovado completamente el estudio del hecho religioso. Algunos historiadores como Pierre Chaunu o Jean Delumeau, a menudo más conocidos por sus ensayos de historia económica y social, han de la misma manera mostrado en otras obras el desfase que existía entre las normas impuestas y queridas por la Iglesia y la realidad experimentada por el conjunto de la población. En este sentido las conclusiones de María Carmela Velázquez Bonilla se acercan a estos trabajos, porque destaca que entre las élites y las masas que aceptan o rechazan las creencias, la relación no es en un sólo sentido. Es para nosotros la oportunidad de llamar la atención sobre nuestros propios trabajos, que muestran que los trances y las llagas infligidos por Dios a María Teresa de Aycinena, atestiguados por las élites clericales y laicas, no suscitaron nunca por parte del pueblo guatemalteco una adhesión. En cambio, San José de Betancur, oriundo de la Isla de Tenerife, menospreciado durante mucho tiempo por las mismas élites, fue empujado por el pueblo y el hombre es aún hoy en día tan conocido en Guatemala como Juan Pablo II. Hay quizás en la religión popular –concepto en todo caso difícil de usar por sus contornos ambiguos– lo que el hombre tiene de más valor: su independencia (y en parte su libertad – de culto).

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