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AFEHC : bibliografia : Negros, mulatos, esclavos y libertos en la Costa Rica del siglo XVII : Negros, mulatos, esclavos y libertos en la Costa Rica del siglo XVII

Ficha n° 591

Creada: 28 mayo 2006
Editada: 28 mayo 2006
Modificada: 28 mayo 2006

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Autor de la ficha:

Christophe BELAUBRE

Publicado en:

ISSN 1954-3891

Negros, mulatos, esclavos y libertos en la Costa Rica del siglo XVII

portada_afehc_caceres.jpg
Categoria:
Libro
Autor:

Rina Cáceres

Lugar de Publicación:
Mexico
Editorial:
Instituto Panamericano de Geografía e Historia
Ubicación:
ISBN 968-6384-46-4
Fecha:
2000
Reseña:

1 Desde la votación en 2001 de una ley que reconoce la trata y la esclavitud como un crimen contra la humanidad, llamada Taubira por la diputada de Guadalupe que la propuso en la Asamblea Nacional, Francia honra oficialmente cada 10 de mayo el recuerdo de los esclavos, y conmemora la abolición de la esclavitud. Esta ley, que nos parece legítima, provoca debates apasionados, pues la esclavitud del pasado nos remite a las discriminaciones de hoy. Las tentaciones comunitaristas vuelven a ser agudas y la batalla de la memoria vuelve a sembrar divisiones políticas. Aunque hemos superado el tema escandaloso de escribir en los manuales escolares sobre el “papel positivo” del colonialismo, el hecho de que 40 diputados franceses hayan sentido la necesidad de cuestionar la legitimidad de la ley Taubira muestra bien que el pasado “esclavista” de los franceses sigue siendo difícil a asumir. Estas batallas sobre la memoria son ejemplares, porque en muchos países la “cuestión negra” es determinante, aunque oficialmente no existe. Lowell Gudmunson en su ensayo “_Bromeando, solo bromeando: asuntos de familia y rivalidades entre hermanos_” lo dice con claridad: “_no hay familia centroamericana que no haga distinciones entre sus hijos, sobrinos, hermanos y hermanas, por el color de la piel (...) más claro es siempre mejor, cualesquiera que sean los orígenes presumibles_”. Mauricio Meléndez Obando añade en otro ensayo sobre las “_Raíces mulatas de Antigua Guatemala_” que “_en Centroamérica casi nadie se ha preocupado por considerar la participación de los negros en la integración de cada una de las culturas de las naciones centroamericanas_”. Es un hecho que en Centroamérica la historiografía tradicional suele tratar la temática con algunas palabras breves, cuando no pasan en silencio sobre la presencia de la población negra en la región. Para algunos se trata de un fenómeno marginal sin relación con lo que se produjo en la isla de Santo Domingo (lo que nadie cuestiona); para otros la presencia de los negros ha desaparecido por el “sano efecto” del mestizaje.
Sin embargo, un grupo de historiadores mantiene una actividad científica en torno a al tema de la presencia africana en Centroamérica, entre los cuales se encuentra Rina Cáceres, quien publicó Negros, mulatos, esclavos y libertos en la Costa Rica del siglo XVII. Todos concuerdan en el rechazo a los “_vieux démons_” que impregnan a las familias occidentales y a algunos sectores de las élites latinoamericanas, los cuales siguen defendiendo la idea de la “inferioridad de los negros”.
En el laberinto de los premios académicos de todo tipo, no es siempre fácil descubrir lo que uno busca y adoptar como criterio de lectura uno u otro libro premiado por alguna institución. Lo cual no quiere decir que algunos premios pueden ser ampliamente merecidos. Es el caso de este excelente libro de la historiadora Rina Cáceres, quien ha recibido el « Premio Ricardo Caillet-Bois » del Instituto Panamericano de Geografía e Historia. La obra es relativamente corta (130 páginas incluyendo una bibliografía de 8 páginas), dividida en tres capítulos bien equilibrados. El lector descubre en un primer tiempo las múltiples facetas de la provincia de Costa Rica en el siglo XVII, su integración a la región centroamericana, un balance muy preciso sobre la organización de las milicias. En la segunda parte Rina Cáceres nos muestra la historia de estos miles de negros africanos que fueron sacados de sus tierras por los comerciantes europeos dedicados a la trata (principalmente ingleses, portugueses, franceses y holandeses) para ser vendidos a los españoles (en este caso los criollos costarricense) con la finalidad de satisfacer sus necesidades en mano de obra. La última parte vuelve sobre el lento proceso de asimilación de los poblaciones de origen africano.
Retomando múltiples fuentes primarias y hechos establecidos por la historiografía costarricense –en particular los trabajos de Claudia Quirós quien acaba de fallecer–, así como numerosas tesis de licenciatura como la de Sandra Chavarría sobre “el Cabildo de Cartago (1564-1750)” o la de María Elena Calzada Carboni sobre “el Pacífico Central y el Valle Central de Costa Rica (1560-1650)”, la autora pone de relieve el hecho de que la provincia de Costa Rica en el siglo XVII padecía de una crisis económica aguda, que se manifestó en graves alertas sanitarias (epidemias de sarampión y de viruelas). El siglo estuvo marcado igualmente por rivalidades políticas latentes entre la autoridad real y las familias de poder, y por la amenaza permanente de contrabandistas ingleses, franceses y holandeses. La historia de la Conquista se retoma fuerza con las múltiples expediciones militares que fueron lanzadas contra las regiones de Talamanca, las cuales se soldaron por varias derrota vergonzosa de los españoles, pero también feroces represiones contra la población indígena (véase p. 27-28). Frente a la crisis, las élites no permanecieron sin reaccionar: muchos colonos elaboraron nuevas estrategias comerciales y contrataron o redujeron a la esclavitud la mano de obra indígena que habían escapado y vivían en libertad.
De hecho, sobre los once millones y medio de víctimas de la trata negrera, varios miles por lo menos encallaron en Costa Rica. Las fuentes notariales del siglo XVII revelan 502 escrituras para venderlos, comprarlos, darlos en dote, incluirlos en las herencias o liberarlos. Estas cifras no permiten evaluar la magnitud del fenómeno porque numerosas transacciones se hacían por fuera de las normas legales (para escapar al fisco, evitar los gastos notariales o incluso por indolencia) y la esclavitud era objeto de contrabando como cualquier otra mercancía. Cada una de las transacciones es analizada con base en huellas dejadas en los archivos notariales. El precio, el perfil social de los vendedores, la cobertura geográfica, la edad de los esclavos son algunas de las variables que Rina Cáceres analiza con mucha fineza y pertinencia. La autora muestra que si el comercio de esclavos se realizaba a menudo en las zonas centrales de la provincia, las transacciones interregionales no eran excepcionales. El ritmo de las ventas se incrementa al final del siglo XVII, lo que tiende a mostrar que la provincia costarricense estaba incrementando su articulación al comercio mundial por la venta de su cacao. La economía de esta provincia del Imerio estaría en aquel momento en una fase de salida de crisis. Uno de los comerciantes se arriesgó entonces a importar hasta 47 esclavos de un golpe. Sin sorpresa, los compradores pertenencían a los sectores sociales más favorecidos, jugando un papel destacado el alto clero (véase el ejemplo del cura Francisco de Ocampo Golfín o del presbítero Tomás de Colina Ruiz), que disponía de las liquidez necesaria. Los precios oscilaban en función de la edad y también según la robustez (de 150 pesos por un niño de diez años a 400 pesos por un adulto). A su llegada del Africa eran medidos y se juzgaban sus capacidades físicas, operación llamada palmeo, en la que se fijaba el precio, antes de marcarlos y ponerlos en el mercado. Marcarlos con hierro ardiente en el hombro probaba que esa pieza había sido importada legalmente u había pagado los impuestos reglamentarios.
Los vendedores eran de todos modos conscientes de que las esclavos más bellos garantizaban los mejores beneficios. En las Islas de producción azucarera los negreros solían untar de aceite el cuerpo de los esclavos y enjuagar la boca con vinagre durante muchos días para dar un mejor aspecto. Rina Cáceres no menciona este tipo de práctica, aunque las subastas públicas eran frecuentes en Costa Rica. Sin embargo, siguiendo el periplo atroz de los esclavos, la autora nos presenta el ejemplo de “Pedro” (nombre que recibió en las Américas) desde el Africa occidental donde nació en 1592. Del Delta del Níger donde fue capturado como prisionero de guerra o víctima de razzia, hasta los puertos donde fue conducido encadenado, Pedro fue vendido a negreros (probablemente) portugueses. Rina Cáceres hubiera podido mencionar aquí que hasta la venta en las costas africanas, esta trata negrera era controlada por algunos reyes africanos muy poderosos. Jean-Michel Deveau en su ensayo sobre la trata en la ciudad de La Rochelle menciona el reino de Dahomey, donde el rey organizaba él mismo las capturas y adornaba las paredes de su palacio con representaciones de fusiles y de navíos europeos para indicar el origen de su fortuna. Tras un viaje transatlántico inhumano y agotador de varias semanas, en el que los negreros hacían todo lo posible para mantenerlo con vida, Pedro llegó a Panamá y fue enviado a Cartago donde el comerciante Diego López Ortega lo compró en 1632. La situación de los esclavos no era siempre la misma como lo muestra muy bien la autora analizando los casos de huidas (relativamente frecuentes a pesar de los riesgos pero muy difíciles de evaluar por falta de fuentes), y sobre todo los ejemplos bastante frecuentes de manumisiones que los dueños decidían a menudo a la hora de redactar sus testamentos.
En el tercero y último capítulo la autora explora los caminos del mestizaje estudiando el grupo de origen africano libre, que forzó a la Corona a desarrollar una legislación específica. Con el tiempo, estos grupos se volvieron cada vez más numerosos, y la Corona tomó la decisión de instituir por lo menos tres pueblos para agruparlos y facilitar el recobro de los impuestos: la Gomera en Guatemala, San Vicente de Austria (Lorenzana) en El Salvador y La Puebla de los pardos en Costa Rica, que es objeto de una minuciosa reconstrucción histórica (p. 91-97).
Para terminar, este libro es importante pues permite comprender el carácter pluriétnico de las sociedades centroamericanas. Las poblaciones de origen africano jugaron un papel económico importante en Costa Rica, cuando los efectos de la crisis del siglo XVII se esfumaron y cuando la producción de cacao activó el comercio local. La existencia de un sistema jurídico perfectamente operativo prueba esta presencia ya que las huellas de las transacciones son numerosas en los archivos notariales. Estos archivos abundan en detalles sobre la movilidad de una mano de obra servil, utilizada en las campañas para trabajar la tierra y también como mercancía para obtener beneficios. Por otra parte, los esclavos eran numerosos en el seno de los hogares de las familias “blancas criollas” (el término “criollo” proviene curiosamente del portugués criar un niño, y era usado al principio para designar a un esclavo nacido donde un propietario de esclavos, a diferencia de aquel que había sido capturado en Africa) de poder de Cartago lo que muestra bien que estos grupos no gozaban del nivel de vida de las élites de la ciudad de Guatemala, ¡pero estaban lejos de faltar de todo ! Este libro esclarece también el proceso de reconocimiento social de las poblaciones de origen africano en el contexto del sistema colonial. La participación en la vida militar de los afromeztisos representaba sobre todo un poderoso medio de afirmación social puesto que la Corona los debía tomar en cuenta a la hora de negociar. Quedan muchos fondos de archivo por examinar para conocer mejor los diferentes aspectos de la presencia africana en América Central. Pero un libro como éste contribuye sin duda alguna a inducir vocaciones.

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