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AFEHC : diccionario : CROQUER Y MUÑOZ, don Antonio : CROQUER Y MUÑOZ, don Antonio

Ficha n° 720

Creada: 27 diciembre 2005
Editada: 27 diciembre 2005
Modificada: 17 diciembre 2015

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Christophe BELAUBRE

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Christophe BELAUBRE

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CROQUER Y MUÑOZ, don Antonio

Canónigo de la Iglesia Catedral de Guatemala
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Palabras claves :
Párroco, Canonigo, Cabildo eclesiástico, Familia de poder
Cargo o principal ocupación:
Canónigo de la Iglesia Catedral de Guatemala
Nació:
23 de marzo de 1765 en Santiago Guatemala
Murió:
Hacia 1840, en Nueva Guatemala
Padres:

1Don Estanislao Antonio Croquer de los Cameros e Imboth [(1722-¿), hijo de Francisco Felipe Croquer de los Cameros y Pérez Marcotegui (1687-¿) e Ignacia Francisca Beatriz de Imboth y Andrade (1686-¿) y doña María Ana Muñoz (1733-¿), casados el 19 de marzo de 1750, en Santiago de Guatemala, hija de Manuel Muñoz y Martínez de la Carra (1690-1753) y de María Micaela Barba de Figueroa y Alvarez de las Asturias (1713-1748).
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Resumen:

1Al escoger la carrera eclesiástica, los interesados siempre tomaban en cuenta los argumentos materiales. Mucho más aún cuando se trataba de una familia pudiente y bien instalada en la sociedad colonial, tal como la familia Croquer y Muñoz, porque cualquier aporte era bien recibido por este tipo de grupo cuyo « status » implicaba gastos considerables para afirmar, ante los demás, su superioridad social.

2En este caso el fundador del linaje, Estanislao Antonio Croquer, llegó a Guatemala desde Puerto Real (Cádiz) alrededor de 1748 para ocupar el cargo de Maestre de Campo de las Milicias de Sololá. Se casó en 1753 con María Ana Muñoz, hija de un comerciante español que se había radicado en Guatemala a principio del siglo XVIII. Este estratégico matrimonio se combinó con un nombramiento de alcalde mayor de la provincia de Amatitlán Sacatepéquez — entre 1753 y 1773— que materializó el deseo de Estanislado de radicarse definitivamente en el Reino de Guatemala.

3Antes de empezar a seguir paso a paso el proceso de movilidad social ascendente de Antonio Croquer y Muñoz, es interesante mencionar que el pudiente comerciante José Piñol aceptó patrocinarlo y protegerlo. A falta de trabajos a escala micro sobre estos grupos, solamente podemos afirmar que las familias Yudice y Barrutia formaron el fundamento de poder que permitió la larga y penosa colocación de Antonio Croquer y Muñoz en el cabildo eclesiástico de la Ciudad de Guatemala.

4Despues de haber estudiado latín, Antonio Croquer ingresó en la Universidad para estudiar Filosofía. El arzobispo Cayetano Francos y Monroy lo tuvo algún tiempo dentro de sus familiares. Obtuvo su bachillerato de teología en 1785 y de derecho en 1791. Fue ordenado sacerdote en 1789. En octubre de 1791 fue quizás el primer cura del pueblo de Nejapa, el cual tenía en 1807, según don Antonio Gutiérrez y Ulloa , una población compuesta de 2 españoles, 369 indios y 791 ladinos. Dos años más tarde, servía un curato más importante en la alcaldía de Sonsonate: Dolores Izalco, que superaba los 3455 habitantes en 1770. Durante esta fase de su vida mantenía contactos con la Ciudad de Guatemala y calculaba que el doctor don Bernardo Pavon era la persona que podía mejorar su posición ante la curia eclesiástica. En 29 julio de 1795, supo que el curato de Santiago Nonualco estaba vacante, se presentó como candidato para ocuparlo y ganó el concurso. Durante estos largos años de servicio parroquial nunca abandonó la esperanza de volver a vivir en la Ciudad de Guatemala: era miembro correspondiente de la Sociedad de Amigos del País y aceptó, en julio de 1801, contribuir con los gastos de funcionamiento de una escuela de dibujo. Obtuvo el servicio de la la parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria, en noviembre de 1803, y su coadjutor fue Julián Castro. En 1816 este curato producía 2.038 pesos de frutos, a lo cual había que deducir 63 pesos de limosna y 365 pesos de honorarios del teniente, con lo cual le quedaba líquido al cura 1.610 pesos, para su manutención.

5A estos frutos del curato se sumaban, en 1805, los intereses de sus capellanías asignadas: una de 500 pesos garantizada por la hacienda de Santa Inés y la Estancia Vieja, en jurisdicción de San Martín Jilotepeque (esta cantidad se encontraba prestada a usura, desde 1771, a doña Manuela Sunzin, viuda de don Tomás Marques); otra de 500 pesos, garantizada por la labor Concepción, en términos de Mixco, en esa fecha en posesión de don Anselmo Quiroz (a usura a favor de don Juan Antonio Mansilla, desde 1787); una de 3.550 pesos garantizada por la hacienda de Nuestra Señora de la Asunción, llamada también Ingenio de Bárcena, (a usura, a favor de don Julián Croquer, su hermano, 2.000 pesos y el resto a favor de doña Bibiana Salomón, sobre su casa, como heredera de don Marcelo Salomón, en 1791); otra de 1.000 pesos, garantizada por la hacienda de Achichilco (cuyo dueño era don Lorenzo Gamboa por venta que le hizo el marqués de Aycinena); otra de 400 pesos que tenía a usura pupilar su hermano Julián y una de 500 pesos que estaba, en 1805, reconocida por el Real Estanco del Tabaco de Tetepitán y por don Antonio Virto, en la hacienda de Comalapa. Tenia otros dos capellanias de 200 pesos y de 400 pesos. Todos los réditos eran pagados puntualmente, ¡que hacían un total anual de 427 pesos!

6Los recursos eran importantes para obtener una prebenda —por lo menos para mantener los gastos de un apoderado en Madrid, capaz de defender sus pretensiones— pero el título de licenciado o doctor en teologia era un requisito para pretender a una de las canonjías de oficio. Antonio Croquer obtuvo este último título en 1808. En noviembre de 1811 fue electo rector de la Universidad San Carlos con cinco votos, contra el Dr. José del Barrio quien recibió dos votos. Este año redobló sus esfuerzos para ingresar en el cabildo catedralicio, para lo cual dio un poder general a don Francisco Pavon, don Ventura Batres y don Manuel Micheo, pidió una carta al colegio de abogados para subrayar sus méritos y servicios ante el rey y además obtuvo, del Capitán General Bustamante , una carta de apoyo que manifestaba que Croquer formaba parte de los eclesiásticos considerados dignos de obtener canonjías (y de hecho, de un cierta manera, obtener un seguro, ideológicamente hablando). Todo esto no dió los resultados esperados. En la junta electoral de Guatemala, celebrada en 1814 en la capital, apareció su nombre como elector de la parroquia de Candelaria. En 1815 pidió la aprobación de los planos de su iglesia que no habia sido edificada 35 años despuès del traslado de la capital del Reino. ¡Finalmente tomó posesión del beneficio de canónigo magistral, el 24 de junio de 1819! Ejercía entonces el cargo de rector del Colegio Tridentino (cargo que ocupó por lo menos hasta el año de 1823). Sin que sepamos exactamente porqué, en diciembre de 1821 redactó su testamento. Declaraba tener una casa, en la calle del Seminario y de Capuchinas a Santa Rosa, con un valor de 11.000 pesos (situada enfrente de la casa de los finados don Diego Peinado y don Miguel Molina) y sin gravamen. Esta casa debía servir para fundar una capellanía para los hijos de su hermano Julián Croquer, con obligación de oficiar una misa todos los domingos del año, en la Iglesia que quisiera, con un valor de 6 pesos por misa. Decía que se había encargado del albaceazgo de su hermana doña María Josefa Croquer y nombró como albaceas a sus sobrinos el licenciado Francisco Xavier Barrutia, a don José María, don Manuel Croquer, don Manuel, don José María e Ignacio Barrutia.

7Durante la guerra civil de 1826-29 su actuación exacta debe ser investigado, aunque se desprende de la actitud de los liberales, que pudo haber sido abiertamente a favor del régimen de Mariano Aycinena. Fue preso en el convento del edificio de Belen, renunció al jucio y aceptó la pena de expatriación antes de ser confinado en la villa de San Martín Jilotepeque, junto con su hermano Julián Croquer. Las circunstancias exactas, así como los hechos relevantes de los últimos años de su vida, quedan por estudiar.

8Es interesante mencionar para concluir esa pequeña biografía que el último cuadro del pintor Francisco Cabrera, hecho en 1820, es, según José Toribio Medina, “un magnífico retrato de don Antonio Croquer y Muñoz, con su escudo de armas y leyendas”.

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